Los pulmones de la comunicación: la inspiración

Diez minutos sin hablar, éste era el sufrido castigo que tenía que asumir de niña cada vez que metía la pata. Desde siempre, mis padres me han conocido muy bien y sabían perfectamente que, si había algo que me costaba en el mundo, era no comunicar (de hecho, creo que nunca llegué a cumplir del todo aquellos famosos 10 minutos porque, aunque mi boca callara, me dedicaba a poner una expresión facial que hablaba por sí misma y que, finalmente, me valía el perdón paterno).

Para una persona es imposible “no comunicar”, ya sea oralmente, a través de la expresión facial, la mirada, el movimiento de los brazos, la forma de caminar, su colonia, su ropa… todos mecanismos, más o menos sutiles, de hacer a otro partícipe de lo que uno tiene –definición de “comunicar” según la RAE-, no en vano “comunicación” proviene del término latino “comunis” que significa “común”; por eso cuando comunicamos estamos poniendo en común una idea, estamos compartiendo algo con los demás, más que “hacer partícipe a otro de lo que uno tiene”, yo diría que comunicar supone hacer partícipe al otro de lo que uno es; porque en nuestra forma genuina de comunicar va implícito un trocito de nuestra personalidad.

Si alguien preguntara ¿qué es comunicar? Respondería que comunicar significa emocionar. El neurocientífico Daniel Wolpert afirma que la verdadera razón por la que evolucionó nuestro cerebro es para producir movimientos, ya que el movimiento es la única forma que tenemos los seres humanos de producir cambios en nuestra vida y conseguir así progresar. ¿Cuál es el singular impresor del movimiento? El sentimiento, el sentimiento es el que imprime el movimiento. Cuando la comunicación de alguien no nos resulta muy convincente solemos decir “no me ha llegado…”, esto es, lo he escuchado, he entendido la secuencia lógica de palabras y frases pero… “no me ha llegado” al corazón y cuando algo no nos mueve alma, difícilmente moverá nuestros pasos. Una comunicación efectiva es la que sabe impregnarse de la emoción del emisor para trasladarla con acierto a todo su entorno. Esa emoción compartida es el germen del progreso porque consigue incitar a una convencida acción, madre de los cambios.

El maestro mediocre, dice. El buen maestro, explica. El maestro superior, demuestra. El gran maestro, inspira No le falta razón al epigramista estadounidense William Arthur Ward, el aprendizaje más útil y duradero es el que procede de la inspiración. Junto con la reflexión y la emulación, la inspiración es una de las tres palancas que impulsan el liderazgo tal y como subraya el consultor Eugenio Palomero.

Según la RAE, “inspirar” es, literalmente, atraer el aire exterior a los pulmones. Por lo que cuando nos sentimos inspirados lo que hacemos es insuflar una sustanciosa dosis de oxígeno a nuestras metas para que al respirar profundamente vayan tomando forma tangible, para que se sientan más vivas. Al inspirar, llenas los pulmones de la comunicación para que comience a forjarse la acción. Brillante consejo el de Julio César No debes aprender sólo a luchar con los brazos, sino también con la palabra y el espíritu pues ya sea con los brazos, la palabra o el espíritu, la inspiración será tu imprescindible entrenadora. La inspiración nutre el espíritu y a su vez puede transformarse en la palabra que movilice los brazos.

La arquitectura emocional -que engloba aspectos tan importantes como los sistemas de aprendizaje y de educación, y todos los referidos en última instancia a la cultura—tiene un peso esencial e insoslayable en la formación, la actuación y los logros de todo líder, sea político, empresarial o de cualquier otro tipo… subraya Palomero en LiderARTE. Para construir tus logros sobre las bases de un sólido aprendizaje y convertirte en un genial arquitecto emocional, ¡lo primero, inspirar!

María Graciani

@m_graciani

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