La indispensable imperfección

Si todos los hombres fuesen perfectos, en ese caso una persona podría ser reemplazada por cualquier otra. La imperfección hace que una persona sea indispensable no intercambiable; cada uno es imperfecto a su manera. Nadie es universalmente talentoso o posee dones universales, pero la desviación es la base de su singularidad.

Viktor E. Frankl  The doctor & the soul

La humanidad, por definición, es de un carácter más artesano que industrial. No somos el resultado de una cadena de producción en serie, nos asemejamos más a las clásicas figuritas de madera, talladas y pintadas a mano; cada una de una forma, de un color, dando su particular sabor al hogar pero, sin duda, todas con algo que aportar. El padre de la logoterapia, Viktor Frankl, se refiere a la imperfección como a las características definitorias (físicas, mentales, emocionales, profesionales) de cada uno de nosotros, aquellos rasgos “made in ti” que hacen que seas como eres, que te confieren una singularidad que será el germen de tu prosperidad o de tu adversidad (en función de cómo te decidas gestionar). Eso sí, para preservar tu indispensable imperfección no te afanes siempre en buscar la ajena satisfacción (porque así lo que conseguirás es perder la razón).

La tradición oriental nos regala la siguiente historia en la que se nos muestra qué tipo de vida viviríamos si lo hiciéramos acorde a buscar el contento de los demás en lugar de seguir nuestro propio criterio (imperfecto, pero nuestro al fin y al cabo). Cierto día de 1456 un granjero entró en la ciudad de Norwich con su hijo y un asno. El hombre iba subido en el asno, mientras que su hijo tiraba del animal con una cuerda. Tan pronto como entraron en la ciudad, escucharon cómo alguien decía en voz alta: “Fíjate, ¡qué poco apropiado!, Mira cómo ese hombre pretende ser un gran señor sentado ahí arriba mientras que su joven hijo tira del asno”. Lleno de vergüenza, el granjero desmontó y le pidió a su hijo que fuese él quien lo montase.

En la calle siguiente, un marmolista le pidió a su cliente que se fijara en la escena: “Mira eso. Ese pequeño sinvergüenza actúa como si fuese un joven pretencioso mientras que su viejo padre va a pie y tira del asno”. Profundamente avergonzado, el joven pidió a su padre que también se subiese en el asno.

Una vez hubieron doblado la esquina de la siguiente calle, una mujer que vendía patas de murciélago y veneno curativo, exclamó: “Fíjate en lo que ha degenerado la raza humana. No tienen ninguna consideración hacia los animales. Mira el pobre asno, su lomo casi se dobla por el peso de los dos hombres… Si tuviese una vara conmigo…desgraciados”.

Al escuchar esto, el granjero y su hijo, sin decir una sola palabra, desmontaron del asno y comenzaron a caminar junto a él. No hubieron caminado más de veinte metros cuando oyeron a un tendero que, a voz en cuello, le gritaba a un amigo que estaba al otro lado del mercado: “Yo pensaba que era estúpido, pero mira, echa un vistazo, aquí hay un estúpido de verdad. ¿De qué sirve tener un burro si no hace trabajo de burro?”. El granjero se detuvo, y habiendo palmeado a su burro en el hocico, le dijo a su hijo: “Hijo, no importa lo que hagamos, pues siempre habrá alguien que estará en desacuerdo. Ha llegado el momento de que tomemos una decisión y de que hagamos aquello que creamos que es lo correcto”.

Una vez más, se vuelve a demostrar el carácter artesano que impregna a la humanidad. No hay dos criterios iguales pero para vivir tu vida con libertad (y no andando constantemente junto al burro, en su lomo o tirando de él, según te vayan indicando), lo mejor es que los dictados de tu conciencia vayas desarrollando. Unas veces acertarás más; otras, no tanto, pero no dudes de que, a cada paso, tu ingenio vas ejercitando; tu carácter se va formando y con tu singularidad, algo a la humanidad estás aportando.

María Graciani

@m_graciani

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